

Sobre la mesa solo hay un cenicero, le acompañan un paquete de cigarrillos y su respectivo encendedor. De ambiente suena el murmullo de tertulias que se mezclan para dejarse escuchar y tratar de descifrar palabras que van y vienen. Al frente tengo unas cinco personas que, café mediante, han contado sus recorridos por el viejo continente en plan de turista o de negocios, siempre discutiendo cuál es el mejor sitio para comer trufas o beber el mejor vino. Detrás de mi hay un par de mujeres que solo hablan de que no hay hombres en el mundo, pero no dejan de mandarle mensajes al tipo que las va a llevar a la disco de moda. Sigo allí, solo entre las conversaciones que, al fin y al cabo, no me interesan. De compañía aun están el cenicero, los cigarrillos y el encendedor. Mi paciencia aumenta, aunque en estos casos debería ser lo contrario, ya que no es común estar solo, sentado en una verde silla metálica frente a una mesa, verde y metálica también, siendo un silente observador de gente que no conozco y que tampoco pretendo conocer, ese no es mi propósito. Sigo allí, esperando una compañía que, reconozco, no llegará, aunque creo que los milagros existen. A los pocos segundos, el aroma del café capta mis sentidos y hace que levante la mirada. Allí está, guayoyo grande recién colado, caliente como las lenguas de fuego que el sol despide, humeante cual locomotora, amargo como algunos días. La taza se posa en la mesa sin pedirle permiso al cenicero, ni a los cigarrillos, ni al encendedor. Sencillamente, deciden quedarse allí para cumplir su utilidad. Mi mano derecha toma uno de los cigarrillos y la izquierda hace lo propio con el encendedor, de manera que el humo que despide el café caliente se confunda con las bocanadas del Marlboro que voy a fumar. Suelto el encendedor sobre la mesa y me dispongo a llevarme la taza a la boca para sorber, lentamente, el café. Ya no sé si es el humo del café el que penetra hacia mis pulmones, o es el humo del cigarrillo el que va a mi estómago. Lo cierto de todo es que, como dice la canción, un café y un cigarrillo me acompañan, nadie más.